17.11.2020
El “ajuste” que pide el FMI

Ec. Enrique Szewach 
Ex Director del Banco Central de la Argentina, ex Vicepresidente del Banco de la Nación Argentina. Consultor, asesor externo en materia económica y financiera y de negocios de Argentina para clientes de nuestra consultora.

Cada vez que la Argentina encara un acuerdo con el FMI, se escuchan “voces” desde distintos ámbitos de la política, ahora incluyendo a los senadores del oficialismo, respecto a “no aceptar más ajuste”. Claramente estas son declaraciones “de la política” bien ajenas a la mecánica implícita en cualquier acuerdo con el Fondo o con cualquier otro acreedor, pero introducen un ruido “innecesario” en una economía ya bastante golpeada.

Si un país le pide un crédito al Fondo es porque ese país ya está “desajustado”, en el sentido de que su balance de pagos con el resto del mundo es deficitario, es decir importa, paga intereses de deuda y gira fondos al exterior por otros conceptos, más de lo que exporta, cobra intereses o recibe fondos del exterior. Esa “crisis de balance de pagos” surge cuando el país en cuestión se queda sin crédito privado del exterior. Como se queda sin crédito privado del exterior, no tiene más remedio que “ajustarse mucho” o pedirle plata al Fondo, para que el ajuste sea menor. En otras palabras, sin el Fondo, habría que achicarse aún más, para compensar lo que los acreedores privados no prestan.

Con el préstamo del Fondo, el “achique” es menor. Ahora bien, si el corte del crédito mencionado es transitorio, el préstamo del Fondo sirve como un puente, hasta que se restablezcan las condiciones previas. De lo contrario, si la situación negativa es vista como de largo plazo, el préstamo del Fondo, lo único que permite es hacer el ajuste más gradualmente. De eso se trata el “programa con el Fondo”. Establecer un conjunto de metas, por la duración del programa, de ajuste fiscal y de acumulación de reservas, con una serie de políticas fiscales, monetarias y cambiarias que deberían producir, como resultado, las metas fiscales y de reservas mencionadas, de manera de restablecer el equilibrio externo y que “sobren” fondos para repagarle al Fondo el préstamo. En síntesis, el Fondo, cuando presta, permite un ajuste menos dramático de la economía. Sin el Fondo hay ajuste, con el Fondo…también, pero más suave, o menos traumático.

En el caso argentino reciente, a principios del 2018, el gobierno del Presidente Macri perdió la confianza de los inversores externos, por diversas razones, pero la principal fue que, pese al triunfo electoral de medio término, el gobierno apostó a prolongar el “desajuste” hasta pasar las elecciones del 2019. Perdido el crédito internacional, la alternativa era un ajuste violento, o un acuerdo con el Fondo, en principio destinado a restablecer la confianza de los inversores, y cuando eso fracasó, destinado, directamente, a hacer un ajuste más gradual, que permitiera alguna recuperación y enfrentar con chances las elecciones presidenciales del 2019.

La economía empezó, modestamente, a reaccionar sobre principios del tercer trimestre del año pasado, pero el resultado de las primarias de agosto (las PASO) generaron tal descalabro de expectativas, previendo la derrota del oficialismo, que esa incipiente recuperación desapareció y, claramente, llevó al default de la deuda privada y a un ajuste mucho mayor.

El Presidente Fernández heredó, entonces, una economía “ajustada” que debía mantener ajustada. Tenía que renegociar la deuda con los acreedores privados y el FMI y ordenar los precios atrasados de los servicios públicos. Y así empezó, desindexando jubilaciones y salarios del sector público, inventando más impuestos y consiguiendo un amplio plazo de gracia para el pago de la deuda con el sector privado. Pero la pandemia y su remedio económico, gasto público financiado por el Banco Central, trastocó todos los planes y volvió a desajustar totalmente la economía.

Es en ese marco que hay que volver a negociar con el Fondo, el pago del crédito de 44000 millones de dólares que vencen en los próximos tres años. El Fondo no da quitas, ni plazos, simplemente presta “plata nueva” para pagarle la deuda. Sin crédito externo, la Argentina sólo puede aspirar, en la negociación con el Fondo, otra vez, a que el ajuste fiscal sea gradual, a que la acumulación de reservas sea gradual, y a apostar a que, pasada la pandemia, el rebote de la economía suavice el nuevo ajuste.

En otras palabras, más allá de su contenido específico, el nuevo acuerdo con el Fondo, requerirá pasar de déficit fiscal a algún superávit, en cierto tiempo. Y a una acumulación de reservas que permita, también después de cierto tiempo, pagarle la deuda al Fondo, y simultáneamente, ir cumpliendo con los compromisos de la renegociación de la deuda con privados.

Esto implica, baja gradual de los subsidios económicos, léase suba de los precios de los servicios públicos, e implica que el tipo de cambo real no puede atrasarse. Si, además, la Argentina está dispuesta a alguna reforma estructural (cosa que dudo) para modificar leyes laborales e introducir rebajas impositivas de estímulo a la inversión, el acuerdo puede ser más “benigno” y el rebote de la economía post COVID mucho mayor.

Yendo a la micro, mejor situación para los exportadores y sustitutos de importaciones, y menos aire para el consumo interno y para los intensivos en energía, si no exportan, por el aumento de los precios, hoy subsidiados.

Parafraseando un viejo chiste, ajuste va a haber de todas maneras, ahora solo se trata de saber la velocidad, la intensidad y si hay buenas políticas para atraer inversiones para la creación de empleo privado, única fuente de crecimiento.

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